oyó que su tío retiraba su silla sin cesar de pelear, y comprendió que había terminado de comer. Sin ánimos para tropezarse con él, apresuróse a tomar una puerta encristalada que había en el patio y conducía al piso de arriba.
Subió los escalones de dos en dos, a pesar del defecto de su pierna, con riesgo de romperse un hueso, pues esta escalera, de ladrillo recubierto de cemento, tenía los filos de los escalones salientes y dentados, era muy empinada y carecía de barandilla.
No obstante, como ya había ocurrido en el pasado decenas de veces, su tío tomó otro corredor que comunicaba el comedor con aquella misma escalera, el cual camino era más corto, de modo que, deteniéndose Mario arriba, vió a su tío, la calva monda y lironda de éste, cuando el otro comenzaba a subir. Sintió ganas de escupir sobre su tío, tan aborrecible le pareció, pues aún continuaba peleando. Pero no lo hizo.
Corrió rápidamente hasta el refugio de su cuarto, a través de un pasillo lleno de puertas, colocadas una al lado de la otra, como cualquier hotel del mundo. En la de sus cuarto había el número 50, hecho con pintura blanca. La última de todas las habitaciones, por orden. La casa era muy grande y la habitación de Mario, una de las tres en condiciones de habitabilidad que quedaban en la casa, tenía un balcón. uno de aquellos balcones con adornos de hierro forjado que miraban al mar.
Como la cerradura estaba rota desde hacía mucho tiempo, Mario no tuvo más que empujar la puerta para entrar. Oyó a su tío quejarse en la escalera, pues siempre sufría al subir, a causa de su enorme vientre, que le dificultaba la ascención y por la endeblez de sus cortas piernas.
Cerró la puerta y corrió un pequeño cerrojo sobre la inútil cerradura. El cerrojo no ofrecía seguridad alguna, pues estaba desclavado y casi colgaba a punto de caerse. Pero aun servía para aislarse. Su tío dormía al fondo del corredor. Lo es-
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