damente mario.- Lo que quiero es seguir estudiando.
-¡De dónde te ha venido a tí ese cuento de que yo te pague los estudios? -rugió su tío-. Prueba a hacerlo tú solo, si vales para algo. ¿pero es que no quieres darte cuenta de que lo único que le pido al cielo es que te largues de una vez?
-esta casa es la mía -dijo mario- desde que tenía dos años vivo en ella. Y puede decirse que no he conocido otro padre que tú.
No intentaba adularlo, ni moverlo de compasión, sino que exponía una amarga verdad.
Los ojos de su tío parecieron salirse de sus órbitas. La calva le brillaba, llena de sudor, a causa de la pelea y de la cantidad enorme de comida que había ingerido. Sus labios estaban orlados de una espumilla blanca.
-¿Pero qué padre ni qué niño muerto? La zorra de tu abuela os metió aquí, sin que nadie le diera permiso. A ella le debo esta herencia de vagos.
Mario empezó a verlo todo rojo. El tenedor estaba al alcance de su mano. El tío echóse para atrás cuando el joven se levantó de la silla, como un autómata, con un brillo homicida en sus ojos.
cambió de canción, y dijo, en un tono muy diferente.
-¡Siéntate y come!
Empezó entonces a reirse, exactamente igual que si nada hubiera pasado, para quitarle importancia al asunto. Y cuando rebañó el plato, como los primos comían en silencio, hasta entonó un trocito de zarzuela, haciendo gargaritos.
-Dobla, campanita; campanita, dobla …
La atmósfera pareció adquirir una intensidad dramática. Mario miró a Julia, con el rostro sombrío. Ella le devolvió la mirada y tuvo casi un encogimiento de hombros. pero sus ojos estaban volviéndose húmedos, como si fueran a llorar.
mario se levantó, a medio comer, y dijo a Julia.
-¡Ahí te quedas! ¡Suerte!
su tío Paco detuvóse en un gorgorito y le lanzó una mirada burlona.
-espera, hombre -dijo irónico-. No te vayas tan pronto.
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