que gemía como siempre bajo su peso y, de vez en cuando, la retiraba un poco con el trasero, para ponerse cómodo y escupir en el suelo, una salivilla blanca, de boca que no para de hablar. Y no cesaba tampoco de comer, con grandes cucharadas y sorbidos ruidosos.
Metió un dedo, gordo blanducho, en la sopera.
-Esto vale dinero -dijo a Mario-. es el pan de cada día. alguien tiene que ganarlo. Pero aquí hay uno que lo gana y tres bocas. si no fuera por mí, os moriríais de hambre-. Se inclinó hacia Mario, hasta casi rozarlo con el rostro-. ¿Te enteras? -aulló-. ¿Te estás enterando?
Mario sostuvo su mirada. Julia comía en su plato, silenciosa e indiferente. Como si ollera llover, tan acostumbrada estaba a aquellas peleas.
Su tío, que era muy correcto y se ponía muy bien con la gente de la calle, echóse a reir con sarcasmo, sintiéndose inmensamente desgraciado.
-¡Yo soy el pagano! -gritó. Al llegar aquí, su voz adquirió una concentrada cólera y se desbocó como un caballo, hablando a borbotones. La desesperación lo volvía loco-. Los perros de la calle son más agradecidos que vosotros. No sabeis lo que vale un pedazo de pan, lo que cuesta ganarlo. La zorra de tu abuela …
-¡Deja en paz a la abuela! -cortó Julia.
El tío paco la miró con sorna, mientras Mario lamenmtaba que ella hubiera hablado, pues era lo peor que podía hacerse.
-Tú eres más zorra que ella -respondió-. Tan suavita como pareces.
Mario lo miró de frente y apartó su plato. ambos hombres se contemplaron como gallo de pelea. El tío Paco lo retó con una mirada burlona, llena de desprecio y le metió la cuchara sucia casi en los ojos, señalándole con ella. Mario se mordió los labios y crispó las manos en la mesa. Julia levantó los ojos de su plato y miró a Mario, que terminó por echarse atrás en su silla. El otro tuvo una media risita sarcástica.
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