Mario.
No le gusta nada al señorito, verdad? -preguntó hablando el tercera persona, como cuando quería ser irónico. Hizo recalcar el “señorito” con una intención hiriente.
Mala bestia -pensó Mario, sintiéndose lleno de hastío-. Maldita sea tu maldita existencia.
Su tío empezó a agitarse en la silla, como si mil hormigas le atormentaran, mientras procedía a servirse, con su propia cuchara, una gran cantidad de comida en el plato. El silencio que le rodeaba le servía de acicate. Lanzaba aviesas miradas, sobre Mario, que tenía sus ojos fijos en la sopera y una expresión inexcrutable.
Empezó a comer. Sus gordos carrillos, brillantes como la piel de un niño, movíanse enérgicamente. Su expresión era colérica. En una sima de sus torvos pensamientos, detuvo la cuchara a medio camino de su boca y, entonces, escapósele de las manos, consecuencia de sus desatados nervios, yendo a caer sobre el plato de condumio, salpicando la mesa de rancho. Lleno de ira, con mano temblorosa, recuperó la cuchara, toda empapada de amarillento caldo. Julia apresuróse a arrebatársela de las manos y le buscó enseguida otra limpia. La cólera del tío estalló al fín, primero con gemidos, luego con un borboteo inhumano, después igual que un fluido torrente, que formaban sus palabras. La rabia más insensata salía por sus boca y ya no hablaba a nadie, sino que lo hacía para si mismo, como un loco.
-¿Qué habré hecho yo en la vida -dijo, en voz alta-, para merecer esto?
Las venas de sus sienes formaron surcos violáceos y sus ojos casi se salieron de las órbitas.
-¡Siempre he sido un iluso!¡Un mártir de la vida, como los tontos! No he vivido más que para los demás. Y éste es el pago que recibo.
Le gustaba escucharse al pelear. Su tono era violento y quejicoso, y no paraba de lanzar miradas terribles sobre Mario. Tenía unos ojos muy expresivos y la ira los hacía saltones. Se movía en la silla,
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