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-tes y llevaba tacones altos. Andaba airosamente, a pesar de la estrecha falda. Su blusa veraniega, parecía pequeña y aprisionada al pecho. Era guapa, con el pelo negro y los ojos rasgados. Tenía pintado los labios y, en muchos aspectos, era una chica como cualquier otra del pueblo. Las demás también tenían la falda por encima de las rodillas y eran hermosas y algo exuberantes. Pero este atuendo no definía a la joven. Sus pocos años suavizaban la frívola línea del conjunto. Así vestían todas, y ellas, como las otras. Pero su corta y estrecha ropa no quería decir nada. En el pueblo, todas parecían ser muy modernas y libres; pero en realidad era todo lo contrario.
Los muchachos del pueblo, en esto, eran como las mujeres. También sabían si los pantalones tenían que ser estrechos o anchos, con vueltas o sin vueltas en los bajos. La chaqueta larga o corta. El nudo de la corbata pequeño o grande. Se sabían estas cosas con la misma facilidad con que se ignoraban otras más importantes, y sólo, los que habitaban en los barrios, ignoraban estos fundamentales detalles. Pues el pueblo, no obstante su pequeñez, tenía barrios periféricos, pobres y mezquinos. Gente que trabajaba en los saladeros de pescado, inconfundible, que se notaba rápidamente en su forma de vestir. Eran catetos. La mujer cateta llevaba la falda larga cuando debía ser corta y lamentablemente corta cuando debía ser larga. Los catetos aún usaban alpargatas, monos a diario y trajes de confección los domingos, de anchos pantalones cuando los elegantes los llevaban de modo que algunos tenían que ponérselos con los zapatos quitados para que entraran. Y así, invariablemente, en aquel pueblo, la diferencia entre unos y otros, en lo primero que se notaba era en el vestido. Vestir bien servía de definición. Vestir mal, casi de estigma: no se les hacía caso en ninguna parte. Se les veía en la cola del cine, en gallinero, donde la entrada era más barata. Un traje malo, unos zapatos viejos, bastaba para que se sintieran disminuidos. Obedeciendo a una necesidad, la función de vestir se había hecho tan primordial como la de la comida. Casi todo el mundo debía en ropas el equivalente de algunos salarios mensuales. Pues todos se vestían

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