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Estuvo allí casi una media hora, y, siendo este lugar el camino preferido para bajar a la playa, venían por este algunos, la toalla debajo del brazo, que iban a bañarse. El pueblo era tan pequeño que todo  el mundo, prácticamente, se conocía. Contestó a muchos saludos y a muchas bromas, dichas al paso de la gente, y llegó a olvidarse, incluso, de su tío Paco, cuando pasó el joven de los bigotes lacios, cuya especialidad era la imitación de Cantinflas, con sus faldones fuera y los pantalones caídos. Dedicó a Mario toda una serie de su repertorio y se fue hacia la playa haciendo una pirueta. Perdió el equilibrio y se cayó cuan largo era, sin abandonar su papel, entre las risas de las muchachas que lo acompañaban.

Se apartó por fin del mirador y se fue en busca del centro del pueblo. Las calles no estaban asfaltadas, aunque todas tenían unas estrechas aceras. Las casas eran de una sola planta, casi sin excepción. Se parecían unas a otras: los huecos ribeteadas de cal blanca y el resto de la fachada de color ocre amarillo, crema o azul. De vez en cuando, veíase el agujero sucio de una carbonaría, un depósito de venta al público, lo que venía a ser igual que hacía siglos, cuando los moros habían ocupado el país. También de aquellos tiempos, le había quedado a las mujeres la costumbre de tirarse al suelo para fregar concienzudamente el piso de lozas o de cemento, así como el descansillo de la puerta de la calle. Habían ahora de estas mujeres, con el cubo y el trapo del suelo, de rodilla a la puerta de sus casas. Al agacharse, tenían mucho cuidado con el escote y alguna se lo había prendido, púdicamente, con un alfiler de madera, de los de tender la ropa, a falta de mejor cosa al alcance de la mano.

Estuvo paseándose poco tiempo solo. Enseguida encontró a uno, que lo invitó a café. Un individuo alto y grandote, tan joven como Mario, con el rostro ancho y aniñado, que vestía un traje gris de verano y zapatos de dos colores. Era famoso por su enorme afición al cine tanto como por sus frases técnicas en torno a la misma cuestión, y era, por lo tanto, un pesado de primera clase. Mario lo escuchaba mientras sorbía un expres y soltaba adrede, de vez en cuando, una frase elevada u oscura, sabiendo que era imposible hacer el ridículo con el otro, cosa que aumentaba la intimi-

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